sábado, 15 de mayo de 2010

Lucila Castro y sus aleccionadoras columnas.

Las palabras y las cosas. Las columnas de Lucila Castro.

Un feliz reencuentro: Lucila Castro y su columna eliminadas de La Nación, han sido recuperadas por Perfil, para placer del lector.


He sido seguidor puntual de las columnas de Lucila Castro en La Nación. Todos los lunes, aparecía un artículo relacionado con los temas de nuestra lengua. La columna de Lucila Castro se basaba en un formato de "diálogo con los lectores" y estaba escrita -conforme a esa forma retórica- con textos atractivos para el lector. El prestigio de esa columna colaboró en su momento, por ejemplo, para sellar -al menos localmente- la discusión la presidente-la presidenta. Y, también, era de dar aportes valiosos sobre el origen de las palabras y aun de las expresiones. Maestro Siruela, por ejemplo, en lugar del maestro ciruela que tan alegremente usan nuestros tilingos autóctonos. En pocas palabras: una columna de lectura placentera y, para quienes amamos la palabra escrita, imprescindible.


Pero un lunes del año pasado hubo, sin que nadie lo supiera, una última columna de Lucila Castro en La Nación. Su sección dejó de aparecer. Es probable que muchos de mis lectores sepan qué pasó con ella y con su contrato laboral. No es mi caso: no tengo la menor idea. Sé, nada más, que su columna no volvió a aparecer y, un tiempo después, desaparecieron su nombre y fotografía de la galería de columnistas de La Nación. Siguiendo los sabios consejos de mi abuela, en ciertas ocasiones es mejor guardarse las preguntas que soltarlas y recibir alguna noticia desagradable. En otras palabras, no quise indagar sobre esa -para mí- desavisada ausencia. El tiempo pasó y, como es natural, ese molesto vacío por la ausencia de un hábito placentero de los lunes por las mañanas reverberó en indiferencias hasta fundirse con el olvido.

Pues bien, ahora vengo a descubrir, tardíamente, de que Lucila Castro colabora con Perfil. Al toparme con su firma en un texto, con fecha de hoy mismo, grité en la intimidad del living y frente al teclado un estentóreo ¡Eureka!: Lucila Castro no sólo sigue entre nos, sino que además sigue escribiendo sus columnas con elegancia e idoneidad. Así que vine aquí, no sólo a dejar constancia de mi módica pero justificada alegría por ese reencuentro, sino, además, para comunicar la nueva a mi lector.

Su columna de hoy (para ser más preciso, de ayer a las 23:54 en la versión en linea de Perfil) es aleccionadora y actual, ya que es, de alguna manera, una réplica -demorada en dos meses- a lectores de Perfil que le cuestionaron un texto publicado en marzo en el cual ponía en evidencia la falacia de aquellos que, oponiéndose al matrimonio entre personas de un mismo sexo, argumentaban su posición con un análisis etimológico del propio vocablo "matrimonio". Pero además de esta réplica a quienes le cuestionaron su texto de marzo, en este de hoy incluye, también, una crítica generalizada al mal uso del lenguaje por parte de los medios escritos. Lucila Castro no duda en cerrar su texto de hoy (titulado ¿De qué estamos hablando?), con esta pintura de un defecto generalizado que se percibe en los medios escritos, y que la autora remata con un muy redondo e inequívoco interrogante, o, también es válido, interrogación:

Tampoco se puede pretender que un diario se lea como un tratado de Filosofía. Los diarios traen cada vez más material y nadie puede leer todo. Pero si el material está, a uno le gusta echar un vistazo. Por eso, es necesario que pueda entenderse con facilidad. Y no siempre la “culpa” del malentendido la tiene el lector. El lector sabe dónde detenerse y dónde pasar rápido. En estos últimos casos, suele conformarse con la lectura del título y algún copete. Pero ocurre que, a veces, el título y el copete se contradicen, o los dos están en contradicción con el cuerpo de la nota. Y a veces, el texto está en contradicción consigo mismo, incluso en datos supuestamente objetivos, como una fecha o una indicación geográfica.

Hace unos días, pudo leerse un título que decía que en la Argentina había aumentado la corrupción. En realidad, se trataba del índice de percepción de la corrupción que elabora Transparencia Internacional, pero mucha gente se quedó con el título y de allí sacó sus conclusiones. Posiblemente “percepción de la corrupción”, algo subjetivo, además de ser muy cacofónico (cosa que no suele preocupar demasiado a los que escriben en los diarios), no cupiera en el espacio disponible, pero si lo que uno quiere decir no entra en el espacio, hay que cambiar el título, no cambiar los hechos de los que se informa.

Algunos editores de medios digitales han desarrollado la lamentable idea de que, como sus materiales se renuevan constantemente, no vale la pena que los vean los correctores. Por lo mismo, tampoco consideran necesario editarlos, así que ni los editan ellos ni los pasan a los que, aunque esa no es su función, en muchos casos, cuando pueden ver el material, tienen que actuar como verdaderos editores. En vista de los resultados, uno se pregunta si lo hacen por pura torpeza o la intención real es confundir al lector.

fuente: Lucila Castro, ¿De qué estamos hablando? Perfil 15/05/10



No es redundante leer, además de esta nota, aquella otra a la que hace referencia la propia Lucila Castro, que fue publicada también en Perfíl el 14/03/10, con el título de "Las trampas de la etimología".


Celebro, pues, el regreso de Lucila Castro a los medios gráficos. Como seguiré sus textos con idéntica fruición a la que gastaba al leer sus columnas en LN, probablemente logre, con el tiempo, mejorar un poco mi propia escritura en este modesto blog.

Alfredo Arri.

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